Cuando Estados Unidos capturó a Nicolás Maduro en su habitación de Fuerte Tiuna, en Caracas, mucha gente sacó una cuenta aparentemente sencilla: en la política, como en la medicina, el mal se corta de raíz, y si primero fueron contra en el chavismo, lo segundo era ir contra el castrismo. Pero no ha sucedido, al menos no en esos términos. Cuando se han avistado buques de la Armada estadounidense rondando las aguas del Caribe, esa misma gente ha pensado que ahora sí, que en el tiempo de un suspiro se desactiva la cúpula habanera. Cuando imputaron a Raúl Castro por los delitos de asesinato, los mismos concluyeron que, así como la Casa Blanca acusó formalmente a Maduro para darle su última estocada, esto era lo que faltaba para comenzar a liberar a Cuba. Todo, desde inicios de año, ha sido una señal: la visita de la CIA a la isla, las decenas de sanciones, las amenazas reposadas y risueñas de Donald Trump desde el Air Force One, las reuniones a escondidas con el nieto de Castro. El único que no le ha vendido señales de humo a nadie ha sido el secretario de Estado, Marco Rubio. Enfático y sin estridencias, en sus últimas declaraciones dejó saber que, si Cuba cae, caerá por el propio peso del ahogamiento, y eso será tan lejano como en el año 2029, cuando se ponga punto final a la segunda Administración de Trump.
En una entrevista con el medio estadounidense Axios, el político cubanoamericano pidió a los interesados por un cambio en Cuba tener “paciencia y perseverancia”, algo que a casi ningún cubano le queda ya, mientras siguen pagando el costo del hambre y la política, frente a la peor crisis que hayan vivido desde la Revolución de 1959, y con el catalizador que desde enero ha sido el cerco petrolero decretado por Estados Unidos. Luego Rubio dijo al mismo medio: ”Mi nivel de confianza es que, cuando esta Administración termine, como mínimo, Cuba estará en una senda irreversible hacia un futuro diferente”.
Mientras Trump se ha aventurado a decir que “Cuba iba a ser la próxima”, después de su operación en Venezuela y de los ataques a Irán, lo cierto es que Rubio nunca se ha permitido llegar tan lejos. De hecho, la comunidad cubanoamericana, que lo moldeó y lo hizo un hijo político del Sur de la Florida, esperó que el ahora secretario de Estado hablara en términos más radicales, como lo hizo en sus años de senador. Un Rubio incendiario que, por lo que decía, solo le hacía falta el poder para acabar con el castrismo. Pero su discurso en estos tiempos ha sido más comedido. De hecho, le recordó a la gente hace poco, durante una entrevista en The Katie Miller Podcast, que, “al final del día”, él no trabaja para Cuba, sino para Washington. “Me importa Cuba, obviamente tengo una conexión personal con ella, pero no trabajo para Cuba, trabajo para los Estados Unidos, y creo que está en el interés nacional de nuestro país tener una Cuba segura, estable y alineada con los Estados Unidos”.

El que ha desatado la furia de una intervención siempre ha sido Trump. Para enero, aseguró que creía que la isla, simplemente, “iba a desaparecer”. Para febrero deslizó que le encantaría hacer “una toma de control amistosa de Cuba”. Para marzo, el presidente afirmó: “Cuba es la siguiente”. Para abril, dijo desde la Casa Blanca: “Podríamos hacer una parada en Cuba”. En mayo expresó: “Parece que yo seré quien lo haga”. Para junio, el periodista Marc Caputo, de Axios, le preguntó si podríamos ver una operación en Cuba similar a la misión en Venezuela, y Trump respondió: “Posiblemente. Es posible”. Pero ya para entonces habló un poco más y reconoció que La Habana no era ni Caracas ni Teherán, sino un territorio pequeño, asfixiado, sin petróleo y sin nada que ofrecer. En julio, el gobernante dijo en un discurso en Dakota del Norte: “Después de muchas, muchas décadas, (Cuba) se está acercando a nosotros”. Y en agosto todavía no ha dicho nada.
Si bien hasta hoy Estados Unidos nunca ha descartado una operación militar en Cuba —como acaba de repetir el director de la CIA, John Ratcliffe—, Rubio, quien según el propio Trump es el encargado del tema, ha tenido una única constante en su discurso todo este tiempo: o apostar por una apertura económica que tarde o temprano conlleve a el desmantelamiento del aparato de poder cubano, o la asfixia económica que lo obligue a ceder.
“Rubio nunca dijo que Cuba sería la próxima”, asegura Michael Bustamante, profesor de la Universidad de Miami y autor del libro Cuban Memory Wars. “Rubio ha sido siempre un poco más cauteloso. Es muy difícil saber hasta qué punto él mismo tenía en mente un plazo más corto para tomar acciones más decisivas o para que la política de presión económica por sí sola pudiera surtir efectos, pero evidentemente en estas declaraciones y otras que ofreció está dando a entender que lo de Cuba ya tiene otra cronología”.
La opaca política hacia Cuba
Desde que a finales de enero Estados Unidos prohibiera la entrada desde el exterior de cualquier envío de petróleo, a Cuba solo llegó a finales de marzo el tanquero ruso Anatoli Kolodkin, que descargó unas cien mil toneladas de crudo para cubrir la demanda de entre nueve y 12 días. El resto del tiempo la isla se mantiene con lo poco que produce y lo que importan ciertos privados bajo los permisos que ofreció la Casa Blanca para comprar crudo en lugares como Miami o Texas. “Por primera vez en la historia de Cuba, el país carece de dos cosas en las que siempre ha confiado: un patrocinador externo y la falta de atención de Estados Unidos hacia el país como una prioridad absoluta”, dijo Rubio a Axios. “No van a conseguir un patrocinador en los próximos dos años y medio, así que esa es la dinámica que ha cambiado”.
Esto se traduce en días encadenados de apagones, comida que se pudre en los refrigeradores, horarios de clases interrumpidos y un estancamiento general de la vida en un país que no puede subsistir a base de ayuda humanitaria.
“La situación empeora exponencialmente”, dijo desde La Habana Manuel Cuesta Morúa, presidente del Consejo para la Transición en Cuba. “La geopolitización estadounidense de la economía cubana es un hecho, y las sanciones sobre la cúpula son transferidas rápidamente a la población, principalmente a los que viven en la estrecha franja entre la pobreza y la miseria. La gente lo vive con angustia, ahora desesperanzada, en la parte de la sociedad que creía en la presión y la solución rápida. La solución inmediata no se ve a la vista, pero desde mi perspectiva es importante que los cubanos asumamos que la solución está en nuestra manos”.
El país, a su vez, se va quedando cada vez más solo, con la retirada de grupos hoteleros, empresarios, inversores que temen que los alcance la larga sombra de las sanciones que en estos casi dos años ha despachado la Administración de Trump para sitiar a La Habana. Hasta hoy, se han implementado al menos unas 40 sanciones a entidades, conglomerados o instituciones que mantengan algún vínculo con el castrismo, y casi la misma cantidad de personas, entre ellas el gobernante, Miguel Díaz-Canel, y su esposa, Liz Cuesta.

En los últimos días se habla no solo de la creación de un grupo de trabajo de la CIA en La Habana, sino también de la búsqueda de esa persona que lideraría una transición en Cuba. El medio The New York Times destapó la intención del Gobierno de Estados Unidos de buscar un funcionario cubano que pueda desempeñar el puesto que Delcy Rodríguez tiene en Venezuela. En todos estos meses se especuló sobre la figura de Oscar Pérez-Oliva Fraga, viceprimer ministro y ministro de Comercio Exterior y la Inversión de Cuba y sobrino nieto de Fidel Castro; se pensó en la dirigente política Ana María Mari Machado, en caso de que se necesitara una mujer; se mencionó también como candidato al actual ministro del Interior, Lázaro Alberto Álvarez Casas. Pero lo cierto es que ni parecen encontrar a la persona, ni el castrismo es tan fácil de penetrar. Ha sido Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto de Raúl Castro, quien se ha sentado con el Gobierno estadounidense a dialogar sobre el futuro de Cuba. Aun así, los planes de Estados Unidos con la isla aún son demasiado opacos.
El pasado 20 de julio, el Departamento de Estado emitió un informe de 100 páginas en el que, básicamente, Washington justifica todas y cada una de las acciones que pueda desencadenar contra la isla, las futuras y las que ya desató desde inicios de este año. Lo hace sobre la base de que, según afirman, desde hace casi siete décadas el régimen cubano ha penetrado todos los niveles del Gobierno estadounidense, ha reclutado activistas, respaldado el terrorismo, inoculado a la izquierda, o influido en movimientos como los Black Panthers, Weather Underground o Antifa.
Según Jorge Duany, exdirector del Instituto Cubano de Investigaciones y catedrático emérito de la Universidad de Florida, este informe “sirve como una justificación para endurecer las sanciones económicas y diplomáticas contra Cuba, reforzar la retórica anticastrista de Trump y Rubio, y quizá preparar el terreno para una intervención militar”, asegura. “Estas acusaciones se alinean con el esfuerzo sostenido del presidente Trump y sus aliados por presentar a los demócratas como simpatizantes del comunismo y así movilizar a su base electoral conservadora”.
Para algunos, la retórica política hacia Cuba y el tacto que especialmente Rubio ha tenido con el tema, están directamente ligados a la carrera futura del secretario de Estado, si decide postularse para la Presidencia en las elecciones de 2028. Acá el juego es otro: las elecciones estadounidenses se tratan de algo más, no solo de los votantes cubanoamericanos que quieran una intervención militar en Cuba, sino de millones de personas hartas del intervencionismo estadounidense de los últimos años o preocupadas por la vida doméstica del país.
“Rubio posiblemente teme las consecuencias de una operación militar que podría empeorar la situación en Cuba, más aún con un vacío de poder en la isla”, dice el profesor Bustamante. ¿Cómo vender eso a una base política, no en Miami, sino a nivel nacional, que ya está un poco harta con la política exterior de esta Administración y las consecuencias que ha tenido, y lo poco America first (América primero) que ha sido, según la perspectiva de algunos?”.
Aún cuando muchos votantes cubanoamericanos prefieran la acción militar a una salida diplomática del tema Cuba, hasta ahora el ala MAGA de la comunidad parecer seguir siendo fiel al Trump que eligieron en 2024. “Dado el amplio apoyo que han expresado hacia esta Administración, es improbable que modifiquen sus preferencias republicanas en las próximas elecciones de medio término en noviembre o en las presidenciales de 2028”, asegura Duany.
“La gente sufre diariamente”
Ahora mismo, a María José Espinosa, cubana, experta en política exterior y directora ejecutiva del Centro para el Compromiso y la Incidencia en las Américas (CEDA), una organización que trabaja desde Washington, no le ocupa tanto el tema de una intervención militar como sí ocurre con “el mayor peligro inmediato” en medio del “colapso humanitario” que atraviesa la isla.

“El país ya está colapsado, la gente sufre diariamente. La pregunta no debería ser únicamente si ‘Cuba es la próxima’, sino hasta dónde está dispuesta a llegar la Administración con una campaña de presión sobre una sociedad ya profundamente frágil y qué pretende conseguir antes de que el daño sea irreversible”, sostiene.
Hasta el momento, ninguna presión por parte de Washington ha hecho ceder al Gobierno de La Habana en sus intenciones de mantener el control total del país. Ni se han liberado los presos políticos, una de las mayores solicitudes de la ciudadanía ante cualquier negociación, ni se ha hablado de cambios que puedan transformar la Constitución ni la élite de poder cubana. Los cambios económicos que liberalizan la economía y que el Gobierno anunció recientemente, al parecer no han contentado a los funcionarios de la Casa Blanca. El Departamento de Estado las tildó de ser “señales de humo superficiales del régimen cubano”.
Los días siguen pesando sobre los hombros de los cubanos, sobre sus mesas vacías, sus noches sin luz, el transporte que no pasa o la vida casi en estado de sitio. La pregunta que muchos se hacen en este punto es: ¿Hasta cuándo?
“La Administración parece dispuesta a seguir cerrando las vías de alivio económico hasta debilitar aún más al Gobierno cubano, pero lo que no sabemos claramente es cuál es el objetivo final. Las sanciones no están funcionando como una herramienta de diplomacia vinculada a objetivos y concesiones concretas, sino como una estrategia de desgaste sin una resolución visible. El resultado más probable, al menos en el corto plazo, es un aumento del sufrimiento, una profundización del deterioro socioeconómico y el riesgo de una nueva crisis migratoria con consecuencias para toda la región”, sostiene Espinosa. “Es difícil ver cómo una estrategia que profundiza el deterioro socioeconómico y energético puede conducir a la estabilidad. Aun si se acepta la presión como una táctica temporal, prolongarla indefinidamente tendrá costos que harán cualquier transformación futura mucho más difícil”, consideró.
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